Recuperar el poder de decisión individual para llegar a nuestro destino

Siempre que hablamos de productividad personal, pensamos que las posibles técnicas que podamos aplicar sobre el tema deberían centrarse solamente en nuestro ámbito laboral, obviando de esta manera que existen otros campos y otras áreas donde, de igual forma, podremos aplicar nuestros conocimientos y experiencia sobre esta competencia de modo que nuestra vida sea más efectiva, más positiva y, a la postre, mejor.

Para ello deberemos recuperar el poder de decisión individual sobre nuestros actos, tanto profesionales como personales, a fin de llegar a un destino que previamente hayamos definido.

¿Por qué hay personas que parecen que están predestinadas a hacer grandes cosas, a vivir de manera plena, y que, además, son la envidia de la mayoría de los mortales? ¿Y por qué hay unos pocos que son capaces de vivir como leones y que son admirados por el resto de los mortales quienes, por el contrario, frecuentemente actúan y viven como ratones?

Algunas personas quieren que algo ocurra, otras sueñan con que pasara, otras hacen que suceda” Michael Jordan.

Tal vez sea hora de que fijemos nuestro espíritu cansado y desmotivado en la realidad de nuestra vida y nos pongamos a reflexionar acerca de por qué perdemos tanto tiempo o, mejor dicho, por qué no somos capaces de fijar nuestra atención sobre lo que de verdad nos interesa, y por qué nos dejamos llevar, como uno más dentro del rebaño, por cualquier distracción que se nos presente y que sea más atractiva, para nuestra mente, que el doloroso ejercicio de enfrentarnos con el conflicto, con la responsabilidad, con el desafío de los retos a los que no nos atrevemos a mirar cara a cara.

Deberíamos preguntarnos por qué preferimos vivir en la comodidad de la insignificancia, por qué optamos por participar en una frenética carrera hacia ninguna parte en la que nos ha sumergido la sociedad moderna del consumismo ilusionista, y por qué nos dejamos arrastrar hacia una mediocridad que nos lleva a conformarnos con unas migajas de recompensa por nuestra actitud pasiva y reactiva. Todo ello teniendo muy presente que podríamos llegar a ser leones tan solo con ser libres, valientes, creativos y perseverantes, es decir, como somos cada uno de nosotros cuando nos quitamos las cadenas del conformismo.

Muchos de nosotros no estamos viviendo nuestros sueños porque tememos vivir nuestros miedos” Les Brown.

¿Qué actitud adoptaríamos si fuésemos conscientes de que el deseo de sentirnos seguros dentro de la sociedad que conocemos y donde nos sentimos aceptados como un ratón más, nos lleva, muy al contrario, por el camino de la esclavitud y del miedo a ser calificados como bichos raros por aquellos que nos rodean y que podrían pensar que no nos conformamos con lo que tenemos?

Desde que nacemos, y eso sí que lo sabemos, nos dicen que somos libres. Por eso, todos sin excepción tratamos de disfrutar, cada cual a su manera, de esa libertad, y como también nos insisten en que es posible, tratamos de buscar la felicidad. Lo que no nos dicen, al menos de manera clara y contundente, es que la libertad y la felicidad, a pesar de ser derechos de cada persona, no nos llegarán por el mero hecho de estar vivos, sino que, y ésa es la verdad, para alcanzarlas será necesario luchar por ellas, definir en qué consisten para cada uno de nosotros, y tener muy claro el camino que deberemos recorrer para alcanzarlas.

No hay duda de que uno de los mayores poderes del ser humano es tener la capacidad de pensar y soñar sobre su futuro para, de esta manera, poder elegir nuestros propios objetivos y metas a corto, medio y largo plazo, de modo que, a través de nuestros propios y libres actos, podamos hacer que ese futuro que anhelamos cada día se acerque un poco más a nuestra situación vital.

Cualquier cosa que la mente pueda concebir o crear se puede lograr” Napoleon Hill.

Pero la realidad es otra, y así lo compruebo  en cada seminario, formación, conferencia que imparto porque, en algún momento, terminan saliendo las mismas preguntas: ¿Alguno de vosotros tiene pensado, definido, escrito, analizado lo que quiere lograr?, ¿a dónde quiere llegar?, ¿cómo quiere conseguirlo?, ¿qué caminos tiene que recorrer y qué pasos ha de dar para avanzar a través de ese viaje? Las respuestas abrumadoramente mayoritarias suelen ser siempre negativas. Alguna persona suele decir que tiene algo pensado, pero nada más. Y aquí es donde la productividad personal te puede echar una mano.

No queda más remedio, si queremos ser libres y dueños de nuestros actos, que enderezar nuestras vidas a través de los deseos, las metas y los objetivos. Da igual lo que queramos ser, porque cada cual deberá ser responsable de lo que elija y ahí está el fundamento de la libertad individual.

Qué triste es la actitud de esas personas que piensan que el enemigo de la vida es la muerte. Que sepan que ésta es parte inherente de la vida, sin la una no hay la otra. Para muchos el verdadero enemigo es otro y, lo peor, es como si lo tuvieran agazapado tras sus miradas, porque ni tan siquiera vislumbran qué les ocurre.  Me refiero a esas personas que tienen falta de interés por actuar y por definir su futuro, que se dejan arrastrar por una sociedad aborregada donde no salirse del rebaño es la máxima a seguir.

Si queremos destacar, ser libres y sentirnos vivos con plena conciencia de ello, hemos de aplicar toda la fuerza de nuestra mente para elegir, sentir de nuevo la esperanza y la ilusión de tener unas metas que nos dirijan hacia nuestro libre destino.

No soy producto de mis circunstancias. Soy producto de mis decisiones” – Stephen Covey.

Esta sociedad, sin apenas darnos cuenta, ha ido cediendo el gobierno de la vida cotidiana a interese ajenos a las personas. Éstas tienen demasiadas distracciones, tanto en su vida privada como en su trabajo, lo que los ha llevado a perder el control y, como consecuencia, han descuidado y dejado de lado la disciplina necesaria para perseguir sus verdaderos fines.

Fútiles intereses y falsas urgencias llaman a nuestra puerta y acaparan nuestra atención de manera constante y sin tregua, nos apartan de lo que podría ser para nosotros unos trabajos o unas tomas de decisiones relevantes y productivos, y acaparan tanto nuestra atención que, prácticamente, no nos queda tiempo para dedicárselo a aquellas personas que realmente son de nuestro interés y con las que seguramente más queremos estar.

Como consecuencia, nos vamos distanciando paulatinamente de todo aquello por lo que merece la pena sacrificarse y luchar. En su lugar, un trabajo rutinario y monótono toma el protagonismo diario y termina por perderse el sentido que puede aportar a nuestra motivación y a nuestra mente un propósito claro y estimulante de vida.

Estamos demasiado acostumbrados a abandonar cuando la vida se vuelve difícil. La mayoría renuncia sin pestañear y sacrifica su individualidad y su integridad sin plantar cara a la dificultad, todo ello con la complicidad de nuestro ego, que se encarga de poner mil excusas para que la conciencia no nos torture y para que no seamos conscientes de nuestra triste realidad.

El éxito es la capacidad de ir de un fracaso a otro sin perder entusiasmo” Winston Churchill.

Ya hemos admitido a la prisa como compañera de viaje; es más, hemos admitido que sea nuestro jefe en la vida ya que es a través de su prisma como tomamos la mayoría de las decisiones. El sosiego, la meditación, la tranquilidad, el vivir cada momento ha pasado a ser algo extraño. Dejamos que los días pasen en tromba sin poder disfrutar de los preciosos instantes que hay en cada uno de ellos.

Una existencia más feliz, dichosa, plena, llena de fuerza y sin duda más satisfactoria, espera a quienes se atreven a perseguir un diseño propio de vida de forma consciente y deliberada.

Que no se nos olvide que no somos la suma de nuestras intenciones sino la suma de nuestras acciones. Debemos pensar si las primeras son las correctas y nos llevan por el camino adecuado para que nuestros actos sean los apropiados a nuestros intereses o si, por el contrario, la falta de criterio en las intenciones nos lleva por la senda de la pobreza de espíritu y de resultados.

 

 

José Ignacio Azkue

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