No hay nada que determine e influya más en nuestra actitud, salvo los hábitos, que nuestras creencias. Y éstas  son el resultado de lo que vamos percibiendo y asumiendo como cierto a lo largo de nuestra vida.

En el momento en que nacemos, evidentemente, nuestro cerebro es como una piedra preciosa sin tallar y está libre de creencias. Es a través del paso del tiempo, al igual que los hábitos, como las vamos adquiriendo.

En este camino de tallar nuestro cerebro, empiezan a actuar nuestros padres; cuando a través de sus creencias nos van educando, los maestros siguen en la escuela, en nuestros estudios; antes o después nos influirán con las suyas nuestros amigos, la sociedad; incluso en el mundo laboral las adquirimos, pero tampoco debemos olvidar que nuestras experiencias también van dando forma y reforzando nuestras creencias.

Como consecuencia, los humanos somos como pensamos, pensamos como creemos y creemos como nos enseñaron  para, al final, actuar como somos, pensamos y creemos.

 

Según la Wikipedia: “Una creencia es el estado de la mente en el que un individuo supone verdadero el conocimiento o la experiencia que tiene acerca de un suceso o cosa; cuando se objetiviza, el contenido de la creencia presente una proposición lógica, y puede expresarse mediante un enunciado lingüístico como afirmación”

 

Esta definición  pone de manifiesto, entre otras cosas, la subjetividad que va implícita  en el concepto de creencia. Es decir, que una persona admita, afirme, asienta, dé crédito o muestre su conformidad respecto a algo no significa, ni mucho menos, que ese algo o esa idea sea verdadera y, aunque lo será para esa persona o un grupo de personas, no tiene por qué ser una verdad universal.

De la misma manera, nos podemos encontrar a menudo con personas que expresan pareceres contrarios y difieren en algo, o sustancialmente, sobre una misma idea o cuestión. Esta diversidad de pareceres sobre una misma cosa o pensamiento nos permite afirmar que toda creencia es susceptible de ser revisada o cambiada y sustituida por otra, incluso, aunque sea contraria a la primera.

La cuestión fundamental es; ¿por qué las debemos de revisar? Y, en caso de que identifiquemos que nos están perjudicando en el desarrollo de nuestro trabajo o incluso en nuestra vida,  ¿podríamos y deberíamos moldear o modificar nuestras creencias?

Pues bien, lo debemos hacer por una sencilla, pero pocas veces identificada razón: somos lo que creemos y las creencias condicionan nuestra forma de actuar. Para bien o para mal.

Las cosas no se ven como son. Las vemos como somos” Hilario Ascasubi.

Si tenemos en cuenta esta afirmación por otra parte verdadera, te has preguntado alguna vez: ¿Cómo eres?, ¿por qué eres cómo eres?, ¿cómo te afecta tu forma de ser?

Las ideas en las que creemos y, por tanto, las que nos hacen ser y nos llevan a actuar como actuamos, tienen unas consecuencias muy claras para nuestra productividad, efectividad o en cómo gestionamos nuestro trabajo, e incluso, por supuesto, sobre el resto de nuestra vida.

Unas veces serán positivas, pudiendo llegar esta influencia hasta la excelencia. Pero habrá otras en las que nuestro modo de actuar tenga unos efectos que sean poco deseables e incluso negativos, y también habrá casos en los que influyan tan poderosamente que sus efectos, en ocasiones, sean muy malos.

Por mi experiencia y por lo que veo, a la gente le cuesta reflexionar sobre estos términos y consecuencias, porque no se cuestiona que partiendo de cómo se es, sí es posible poder llegar a ser mejor.

¿Y qué significa ser mejor? Pues si de efectividad y productividad hablamos, entenderíamos que podría ser:

  • Tener mayor satisfacción y motivación con lo que se hace.
  • Obtener mejores resultados.
  • Que te guste más lo que haces.
  • Que la gente: nuestros compañeros, jefes, subordinados o colaboradores, te aprecien más.
  • Que realices tu trabajo de manera más relajada, con menos estrés y mayor calidad.
  • Que te integres mejor en tu entorno.
  • Que sepas manejar mejor las situaciones y los asuntos con los que tienes que lidiar.
  • Y que, por tanto, puedas llegar a ser un referente en tu entorno de trabajo por lo que haces y cómo lo haces, es decir por tu productividad y efectividad a la hora de hacer.

Eres aquello en lo que piensas durante todo el día. También eres lo que te dices a ti mismo durante todo el día. Si dices que eres viejo y estás cansado, ese mantra se manifestará en tu realidad externa. Si dices que eres débil y que te falta entusiasmo, así será también tu mundo. Pero si dices que estás sano, que eres dinámico y estás plenamente vivo, tu vida se transformará. Las palabras tienen un poder extraordinario” RobinSharma.

¿Tiene algún sentido buscar una mejoría cuando una persona, en realidad, está conforme con lo que es? Personalmente pienso que muchas personas no intentan el cambio  porque no ven las mejoras que podrían conseguir modificando sus creencias, y por consiguiente corrigiendo su actitud.

Es como si tuvieran una venda en los ojos que les impidiera ver otra realidad distinta a la que conocen. Además, rechazan de plano toda posibilidad de ver otras opciones. Sus creencias son tan fuertes y limitantes que rechazan todo cambio. Y lo veo de continuo en los debates que provoco en mis seminarios.

Como ejemplo, cuando hablo de las interrupciones y pregunto: ¿qué nos interrumpe en nuestro trabajo y qué consecuencias tiene este hecho? Las respuestas en general son siempre las mismas: El correo electrónico, el teléfono bien sea el fijo o el móvil, los jefes, los compañeros, los clientes, etc. Saben qué les interrumpe, pero ni visualizan que esas interrupciones están basadas en actuaciones debidas a ciertas creencias, ni las consecuencias de la interrupción.

Si a continuación les pregunto: ¿Qué hacéis con esos elementos que habéis identificado que os interrumpen y distraen en vuestro trabajo, con su consiguiente repercusión en vuestra efectividad? La respuesta después de poner cara de extrañeza ante la pregunta es: nada. Es más, están convencidos de que no deben hacer nada.

La actitud que toman, es decir no hacer nada ante elementos perturbadores, viene determinada por sus creencias. Basta con “tirarles un poco de la lengua” para que éstas afloren: Es que me puede venir una urgencia, o una cosa importante, es que me puede enviar algo mi jefe, es que puede que un cliente necesite urgentemente de algo, es que…

Basta con que oigamos un “es que” para veamos detrás una creencia. Y las que me han servido de ejemplo están muy extendidas en el mundo laboral entre los trabajadores del conocimiento.

Hay que tratar de demostrarles, valorando antes cada caso individualmente ya que todas las responsabilidades no son iguales, que siendo como son, y actuando según sus creencias, tienen más problemas que otros que actúan de diferente manera porque sus creencias son diferentes.

Hay que hacerles que se cuestionen cada una de estas creencias y sus consecuencias para el desarrollo de su trabajo y cómo pueden llegar a hipotecar su productividad y efectividad.

¿Cómo podemos cambiarlas? Si queremos hacerlo deberemos identificar la creencia raíz. A continuación deberemos detallar cómo nos hace actuar y luego evaluar las consecuencias de este desempeño, para finalizar determinando la conveniencia o no de modificar o cambiar esa creencia para que nuestra actuación sea otra.

Si cambiar las creencias puede llegar a ser difícil, debemos saber que en general detrás de una de ellas, al menos si nos referimos a nuestro trabajo, hay un hábito. Y éste cuesta mucho más cambiarlo.

Si eres reacio a mejorar tu forma de entender las cosas, porque siempre piensas que eres poseedor de la verdad  y que tienes razón cuando actúas como actúas, siento decirte que es muy probable que estés echando por la borda buena parte de tu productividad y eficacia, y esto siempre tiene consecuencias para tu calidad de vida y para alcanzar mayores niveles de éxito.

 

 

José Ignacio Azkue