Estoy convencido de que no te asombras si te digo que la mayoría de las personas con las que coincido en mis cursos de productividad me comentan que se sienten abrumadas porque tienen demasiadas tareas para hacer y que les falta tiempo para resolver todo lo que tienen pendiente. ¿A ti te es familiar esta sensación también?

A principios de este siglo, o a finales del siglo pasado, cuando estaba comenzando la revolución de internet y muchas de las cosas que tenemos hoy en día nos parecían ciencia ficción, algunos gurús y pensadores predecían que los avances tecnológicos que se avecinaban nos permitirían trabajar mejor, que podríamos prestar más atención a lo que realmente nos importara, vaticinando por ello que podríamos disfrutar de más tiempo libre y que, en definitiva, seríamos más felices.

Hoy, sin embargo, parece que tales avances no nos aportan la felicidad prometida, sino que nos llevan por el camino contrario.

A pesar de que ahora disponemos de más aplicaciones y de más herramientas para realizar nuestros trabajos y que, con todas estas facilidades, podemos ser más eficientes, nadie duda de que, en la actualidad, no se va a esperar de cualquiera de nosotros que trabajemos menos. Al contrario, al haber más posibilidades para obtener mejores resultados, se aceptan, con mucha facilidad, más proyectos de los que se pueden realizar con un nivel de exigencia mayor, lo que nos lleva a estar tremendamente abrumados y estresados; alejándonos de la felicidad que se nos había augurado.

Sí, ya sabemos que cada día solo tiene 24 horas, pero debemos ser verdaderamente conscientes del límite que eso representa en cuanto a las posibilidades que tenemos para, en ese espacio de tiempo, realizar nuestras tareas, obligaciones y compromisos.

Nadie se puede salir de ese límite, por tanto, iremos reduciendo la posibilidad de cumplir con nuestras prioridades cada vez que sucumbimos a las numerosas distracciones y tentaciones que disfrazadas, muchas de ellas, de mal entendidos compromisos, terminan sobrecargándonos de trabajo y nos apartan de lo que considerábamos importante.

No tener la suficiente claridad sobre nuestras prioridades nos puede llevar a comprometernos, poco a poco, con mayor carga de trabajo, tanta que desborde nuestras posibilidades. Es así de sencillo, no se necesita mucho más para que, en estas condiciones, la paz se transforme en abrumadora sensación de incapacidad para gestionar todo y termine por aparecer el estrés.

En esta situación, nos debería resultar obvio que necesitamos gestionar el caos y el desorden que se agitan a nuestro alrededor. El exceso de compromisos va provocando, paulatinamente, una pérdida de nuestra capacidad para enfocarnos en nuestras prioridades. Se produce una retroalimentación que provoca que la pérdida de control vaya en aumento con cada paso que se dé en esta dirección, terminando con la posibilidad de gestionar con efectividad todo el trabajo que hemos aceptado.

Para cambiar esta realidad, y así logar una solución a este problema, es necesario practicar la atención plena para gestionar con efectividad a qué dedicamos nuestra atención. La tendremos que ejercitar para priorizar, para dejar que fluyan las ideas, incluso para dejar ir nuestros pensamientos y, sin duda, para replantearnos cuestiones que ronden o que hayan aparecido ante nuestra cabeza.

La priorización consciente es la clave para vencer este desorden, y para llevarla a cabo, tal vez, tengas que analizar cuidadosamente cómo empleas tu tiempo. Suelo recomendar, para ello, crear una lista en la que se anote un registro con el motivo, cada vez que se cambia de tarea. Sí, ya sé que es difícil y sobre todo tedioso, pero para tener conciencia plena de a qué dedicas tu atención durante esas 24 horas, es muy recomendable hacerlo, al menos durante unos días. Es un ejercicio muy beneficioso, ya que su análisis, a posteriori, aporta mucha claridad.

Como resultado, podrás tener una muy valiosa información sobre: cuántas tareas prioritarias has realizado, cuántas tareas triviales, cuántas veces te has dejado interrumpir, cuántas veces te has distraído, cuántas veces dejas una tarea sin terminar, qué o quién te está distrayendo, a qué dedicas tu ocio, cuánto tiempo empleas en comer, limpiar, relacionarte con los tuyos, socializar, cuidar de los demás, en definitiva, esclarecer a qué le estás dedicando tu atención de manera consciente.

Tal vez, después de realizar este ejercicio que te recomiendo, seas más consciente de que realizas demasiados quehaceres que te han impuesto, sin que lo hayas decidido tú. Tal vez seas ahora más conocedor de que muchas de las cosas que haces corresponden a peticiones o intereses de otros. Es más, como no controlas cuándo te van a llegar esas peticiones, resulta que tu mente atiende a cosas al azar que, lo más seguro, no entraban en tus planteamientos. Esto te lleva a la sensación de que tienes demasiados compromisos que están llenando, fútilmente, tu vida.

Soy consciente de que es más fácil decirlo que hacerlo, pero para no sentirte abrumado por lo que te rodea, deberías empezar a decir que “no” a muchas de las nuevas cosas que te vayan surgiendo. Para ayudarte, en esta tan difícil decisión para muchos, analiza tu lista de tareas, si es que la tienes, para ver con objetividad tus compromisos y poder priorizar conscientemente lo que de verdad deberías hacer.

Si tuvieras un lugar donde mirar todos tus compromisos, en un inventario creado a tal efecto, y solo tuvieras una o dos horas para hacer algo, ¿qué harías?, y ¿qué no harías por nada del mundo? Tras esta reflexión, seguro que aquí empezaría tu priorización consciente y desecharías muchos de tus compromisos objetivamente y con responsabilidad.

Entonces, ¿qué pasa con las cosas que tienes pendientes o que, incluso, sientes que debes hacer y que no caben en esas 24 horas?

Si no has sido capaz de decir un “no” meditado a ciertos compromisos que no te aportan nada, pero que, seguro, te van a ir apareciendo, deberás aprender a dejarlos ir, a renunciar conscientemente a cumplir con ellos. De lo contrario, el problema surgirá cuando, por exceso de generosidad y de optimismo, hayas aceptado demasiadas obligaciones y empieces a sentirte, por ello, con ansiedad, a estar abrumado, frustrado y a sentirte desbordado, porque no tienes posibilidad de hacer o cumplir con todo lo que, sin pensar en sus consecuencias, has aceptado.

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José Ignacio Azkue