Cómo evitar llevarse el estrés del trabajo a casa

Después de un duro día de trabajo lleno de estrés, en el que sentimos que no hemos podido con todo y que todo lo que nos ha llegado ha podido con nosotros, es muy fácil que terminemos por trasladar hacia nuestra pareja, hijos, amigos o personas que nos sean más cercanas, toda esa presión que sea ha ido acumulando y que ha ido minando nuestras defensas y nuestra serenidad.

Es demasiado frecuente caer en el error de llevar y trasladar toda la frustración y el “cabreo” a nuestra casa y que sea nuestra familia la que reciba los golpes que no deberían haber salido de nuestro trabajo.

Ya sabemos, hay estudios que lo corroboran, que gran parte de los días que se pierden en el trabajo son a causa de enfermedades que se pueden relacionar con el estrés. Si además somos conscientes de que algunos de sus síntomas son, entre otros, la irritabilidad, el nerviosismo, la ansiedad o la pérdida de paciencia, es muy evidente admitir las consecuencias que puede acarrear esta situación cuando nos los llevamos a nuestra propia casa.

¿Qué debemos de hacer para evitar que el estrés laboral se convierta en estrés familiar y que termine afectando a nuestras relaciones personales?

Debemos relegar el trabajo a su lugar y momento correspondientes.

Son muchas las personas que llevan trabajos para hacer o finalizar en casa porque no han podido dedicarles la suficiente atención durante su jornada laboral. Este hecho, parece que es más frecuente cuanto más alto sea el cargo o la responsabilidad de la persona. En tales casos se debería identificar si realmente se está gestionando bien el trabajo, si realmente no se puede con todo, o si se está delegando correctamente lo que podrían hacer otras personas. Es decir, esta persona se debería preguntar si podría ser más productiva y efectiva en sus horas de trabajo para no tener que llevarse el trabajo a su casa.

Gran parte del estrés que siente la gente no viene de tener demasiado que hacer. Viene de no terminar lo que he empezado” David Allen.

Si por la causa que sea se ve en la obligación de hacerlo, deberá de ser consciente de que esta circunstancia ha de ser una excepción. Toda persona tiene derecho al descanso y a la desconexión del trabajo. No hacerlo, a la larga tiene malas consecuencias. En el peor de los casos, si esto no fuera posible, se deberían asignar al menos un tiempo mínimo para atender a la vida del hogar (pareja, hijos, familia, cena, etc…) y otro, para no desdeñar el ocio (salud, deporte, lectura, desarrollo personal, vida social).

Otra de las causas de tener el estrés laboral en el hogar, aparece cuando se trabaja desde casa. En este caso se deberá definir con mucha concreción cuál es el espacio de trabajo y las herramientas que se van a utilizar, para separarlas de la vida familiar. Además, deberemos de tener en cuenta que los niños y la familia demandan mucha atención. Cuando se trabaja en estas circunstancias, es muy importante que se sepa cuándo se está trabajando, y que se asuma que, durante ese periodo, no se está disponible.

Desarrollar buenos hábitos con esa tecnología que nos permite movilidad.

Además, a día de hoy se vive en un mundo cada vez más conectado, donde se espera o se supone, con demasiada naturalidad, que un buen profesional debe estar disponible prácticamente las 24 horas del día y los 7 días de la semana.

Una de las razones más importantes de las distracciones en el trabajo viene causada por los teléfonos “inteligentes”. Vivimos enganchados a ellos, y no se apagan ni tan siquiera a la hora de dormir. A cuántos profesionales les habrá pasado que, durante la cena, mientras estaban con sus hijos, o mientras dormían, un correo electrónico recibido a través del teléfono les ha captado su atención y han terminado angustiados y estresados. Tampoco es raro el caso de esas personas que, nada más levantarse, prácticamente lo primero que hacen es consultar en sus teléfonos los mensajes que han recibido, con lo que ya desde el desayuno su situación emotiva deja de ser la mejor para encarar un día con positividad y entrega.

El estrés no es una reacción. Más bien es el precio que pagamos por la vida “civilizada” que vivimos, que por cierto no es civilizada en absoluto” Maurren Killoran.

Cuando en mis seminarios y cursos a estas personas les pregunto ¿y esta actitud, este hábito qué aporta de positivo a tu trabajo?, las respuestas son por lo general excusas llenas de falsas creencias que, en mi opinión, les llevan por el camino equivocado. El trabajo durante el trabajo y las cosas de casa, en casa.

No es una idea tan descabellada el tener dos teléfonos, uno para el trabajo que puedas apagar y desconectarte de él cuando termina tu jornada laboral y otro para tu vida privada, que también puede estar apagado si lo consideras necesario cuando trabajas.

Paradójicamente, la mayoría de las personas creen adecuado y pertinente separar y no mezclar la vida privada de cada uno con el trabajo, pero no consideran tan grave, es más, ven como lógico e inevitable lo contrario, es decir, dejarse invadir en su intimidad, en su vida privada por el trabajo.

Es muy conveniente desarrollar buenos hábitos y pautas para mantener el teléfono del trabajo en un lugar, de modo que nos permita dejar de prestarle atención o tenerlo desactivado mientras se está en casa, y durante los fines de semana. Y nunca debemos comprobar el correo electrónico o la mensajería instantánea del trabajo, al menos dos horas antes de acostarnos. Múltiples estudios han demostrado que hacerlo antes de dormir puede impactar negativamente en la capacidad del cerebro para prepararse para el descanso, y la falta de sueño está relacionada estrechamente y directamente con el estrés.

Mantener unas buenas relaciones sociales.

Para muchas personas, la única manera de descargar su insatisfacción, estrés y ansiedad se encuentra, por desgracia, en la familia, si bien es evidente que una buena sintonía con la pareja y un satisfactorio contacto con los hijos puede paliar, en cierta medida esta negativa consecuencia del trabajo. Para la pareja y los hijos es, en realidad, injusto y podría representar un problema y un peligro para la relación si se diese la circunstancia.

No tiene sentido preocuparse por las cosas sobre las que no tienes control, y si tienes el control, puedes hacer algo al respecto en lugar de preocuparte” Stanley C. Allyn.

Para paliarlo y, de alguna manera, repartir estas consecuencias y descargar toda la responsabilidad de que sea la familia la que aguante la presión, nos podríamos apoyar en una mayor relación social con otras personas, con amigos que, de un modo u otro nos ayuden a descargar la agresividad que podamos traer del trabajo.

Incluso para ello está bien y da buenos resultados, el pertenecer a diversos clubes o estamentos sociales a donde poder acudir con cierta asiduidad para descargar y relajar las tensiones a través de una mayor relación social.

Saber cuándo finaliza tu trabajo.

A veces el cerebro necesita una señal para que de manera automática e inconsciente se prepare para la desconexión del trabajo. Y, al final, se trata de convertirlo en un hábito. Para ello se debe elegir hacer una serie de actividades que permitan construir mentalmente esa separación. Se puede aprovechar el viaje en los transportes públicos para leer temas que sean interesantes y que no estén relacionados con el trabajo, se puede oír en el coche podcast sobre temas que gusten y atraigan; o escuchar la música favorita. También se puede dar un paseo antes de coger el transporte para ir a casa, o acudir a algún lugar donde se practica la meditación o relajación, e incluso se puede acudir al siempre socorrido gimnasio, para dejar en él la adrenalina sobrante.

Como norma general se debe separar esos dos mundos tan diferentes como son el laboral y el personal. Seamos conscientes de que es difícil, y mucho más en un contexto tan hiperconectado como es el actual. Pero no hacerlo, el que por norma general no exista esa barrera, a más o menos largo plazo puede tener consecuencias muy negativas, tanto para el trabajo, que al final en este caso sería lo de menos, como para la familia que al final es lo que de verdad importa.

 

 

 

José Ignacio Azkue

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