Un estrés moderado y controlado puede ser beneficioso para tu productividad

Si atendemos a las estadísticas publicadas por numerosos centros de referencia en materia de estrés, se encuentra junto al tabaquismo, el alcohol y la vida sedentaria, entre los principales factores de riesgo para la salud, en esta era del trabajo V.U.C.A. que nos ha tocado vivir.

Según cuenta David Allen, autor del método GTD “Getting Things Done”, en sus obras publicadas, el estrés que sufre la mayoría de los trabajadores del conocimiento se debe a la mala gestión de los numerosos compromisos que estas personas aceptan. Cada vez que se dice que “sí” a algo que llega, se está adquiriendo un compromiso, y su acumulación, añadida a la falta de capacidad para controlarlos sin ayuda de una gestión externa a la mente, es una de las mayores fuentes del estrés que padecen las personas en la actualidad.

Hoy en día, este padecimiento está tan extendido que se ha convertido en una excusa válida para justificar la baja productividad laboral. Por tanto, si añadimos lo negativo del estrés para a las empresas, las organizaciones y la economía, al sufrimiento físico y psíquico que provoca, lo evidente sería pensar en luchar por eliminar el estrés por completo de nuestras vidas si buscamos más efectividad, más productividad, mayor felicidad y mejor salud.

En realidad, deberíamos mirar al estrés desde un ángulo diferente, ya que éste es una reacción natural del cuerpo ante un determinado estímulo.

Sin ir más lejos, sentimos reacciones fisiológicas, físicas, que reflejan cómo reacciona el cuerpo, como por ejemplo los temblores, la sudoración, las taquicardias, dolores localizados en el mismo sitio, vómitos, insomnio, etc.

Lo mismo sucede con reacciones conductuales, es decir, con cómo se actúa o nos comportamos ante lo que ocurre: se puede huir, esconderse, atacar, quedarse quieto incluso paralizado, gritar, llorar, etc.

También se producen efectos psicológicos, cómo actúa la mente, cómo piensa y/o reacciona ante el estímulo: con bloqueos de pensamiento, olvidando cosas, teniendo pensamientos negativos, frustrantes, sintiendo rabia, impotencia, etc.

No dejes que tu mente maltrate a tu cuerpo al creer que debe cargar con el peso de sus preocupaciones” Astrid Alauda.

En sí, el estrés no es nada más que una respuesta de defensa natural del cuerpo humano para prepararlo ante una situación desconocida o supuestamente peligrosa, o delicada para la seguridad personal, y que ha permitido llegar al hombre, en su evolución histórica, hasta lo que es hoy en día. No es más que un estado de alerta, pero que si se vuelve continuo resulta tóxico para el organismo.

Por eso el estrés es bueno como herramienta adaptativa que ha permitido afrontar históricamente de forma exitosa situaciones difíciles. Si nuestros antepasados, cuando su medio de subsistencia consistía en atacar para cazar a otros animales y evitar a su vez ser depredados por otras especies, no hubieran dispuesto de modo innato tal respuesta del estrés, es muy probable que la falta de reacción ante el peligro eminente les hubiese convertido en depredados en vez de depredadores. Por tanto, si no hubieran tenido esta potente estrategia de afrontamiento, el ser humano como lo conocemos hoy en día, tal vez no existiría.

Si a nuestros ancestros, el estrés les preparaba para reaccionar ante una situación de peligro, hoy en día esa misma reacción se sigue produciendo en nuestro cuerpo.  Antaño les ayudaba para preparar el cuerpo para correr, huir del peligro y salvarse. Les permitía optimizar toda su energía y tenerla disponible en cuestión de segundos. Aprendieron a focalizar la visión para fijar el peligro, para no perder detalle de su enemigo. Necesitaban de sus músculos el máximo rendimiento, y para eso era imprescindible oxigenarlo de manera eficaz, por lo que el corazón, bajo el estrés, era capaz de bombear más rápido la sangre.

Hoy en día el organismo reacciona igual, pero lo que ha cambiado drásticamente ha sido el estilo de vida y, por tanto, la respuesta no se produce por situaciones similares a las de antaño. El estrés como respuesta, en términos generales, no se adecúa a sus orígenes. Ahora el miedo al depredador se ha transformado en miedo a no saber lo que no está haciendo, en miedo a las responsabilidades que cuesta asumir, en miedo al fracaso, etc. y, en general, se ha transformado en un enemigo que trastorna de modo importante.

El estrés no es más que una enfermedad mental socialmente aceptada” Richard Carlson.

Pero, ¿y si se mira desde un ángulo diferente? En tal caso, el estrés podría ser beneficioso para los humanos.

Parece que este extremo puede ser cierto, ya que, como argumenta el profesor Ian Robinson, quien estudió el fenómeno del estrés en su libro “The Stress Test: how pressure can make you stronger and sharper“, un nivel moderado y adecuado de estrés en el trabajo puede ser, y de hecho es en la mayoría de las ocasiones, un buen motivador, un motor que permite ponerse en la marcha adecuada. Tenerlo en su cota apropiada puede alimentar el interés y puede dar un impulso adicional para hacer más y mejor las cosas.

El tener un grado moderado de estrés provoca que un trabajador pueda ser altamente productivo en un periodo de tiempo determinado, pero si se rebasa un cierto nivel del mismo el nivel de la productividad decrecerá, incluso podría paralizar a quien lo sufre y, como consecuencia de ello, es más que probable que la productividad fuese prácticamente nula y en su lugar apareciese la ansiedad.

Esta relación entre productividad y estrés fue definida como “La ley de Yerkes-Dodson”. Esta ley describe la relación entre la productividad y el estrés a partir de un gráfico con una “U” invertida. En su formulación, se afirma que el nivel de productividad se ve incrementado en función del aumento de la activación del cuerpo hasta un punto máximo, a partir del cual el aumento de estrés conduciría a un empeoramiento y disminución de la productividad. Esto se representa gráficamente como una curva de campana.

Si el estrés aumenta de intensidad y se prolonga en el tiempo, puede producir los síntomas que ya son suficientemente conocidos: dificultad para concentrase, cansancio físico y mental, perder los estribos con facilidad, alteraciones en el sueño, pesadillas, problemas sexuales y otros síntomas como, por ejemplo, un aumento de la frecuencia cardíaca, respiración rápida, sudoración, temblores, mareo y sensación de ahogo.

No es difícil pensar que en situaciones como las descritas la productividad se puede ver comprometida hasta el punto de llegar a una situación insostenible.

El estrés debería ser una fuerza poderosa conductora, no un obstáculo” Bill Phillips.

Por supuesto, el nivel de estrés óptimo dependerá de cada persona. También influye de modo considerable la complejidad de las tareas. Aquellas que sean rutinarias, se podrán completar en menos tiempo y mejor si se está motivado por el estrés. Por el contrario, dado que la realización de tareas complejas enfrenta a las personas con un reto mayor y que requiere más atención, se podrá lograr afrontarlas de manera óptima y efectiva en un ambiente no estresante.

Por tanto, el estrés no es necesariamente negativo ni malo para nadie. Por el contrario, como la sal o la pimienta, puede ayudar a aderezar la vida. Pero ¡ojo!, no nos confundamos ya que, como cualquier especia, debe ser usado con moderación y discreción. Así que si lo que queremos es aumentar la productividad propia o la de nuestro equipo, se deberá mantener el estado de alerta activado a un nivel adecuado, sin pasarse ni quedarse cortos.

 

 

José Ignacio Azkue

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